Tanto esfuerzo en escolarizarnos para después no aprovecharlo

Recuerdo cuando estudiaba Bachillerato, que en el libro de historia se citaba un texto escrito por un tipo español en el siglo XIX en que alertaba de los “peligros” de alfabetizar a las clases populares; según él sólo servia para que estos acabaran leyendo panfletos anarquistas y comunistas y, en consecuencia, aumentara el crispamiento en la sociedad. Hoy en día nos parece muy incorrecto que este señor opinase que a las clases trabajadoras era mejor no alfabetizarlas, e inicialmente parece que las ideas elitistas de este tipo han acabado donde se merecen: en el basurero de la historia. Ahora bien, algunas veces pienso que esto no es tan evidente. Si bien es cierto que los países desarrollados tienen toneladas de bachilleres y universitarios, y muchos de ellos proceden de la clase obrera, a veces me pregunto en qué han quedado las enseñanzas que hemos recibido y supuestamente asimilado y, sobretodo, dónde ha quedado el espíritu crítico que se supone que alguien con cierta cultura debería tener. A continuación voy a exponer a modo de ejemplo algunos de los casos que me provocan tales pensamientos.

Con la crisis económica internacional estrechamente ligada a la deuda pública, son diarios los bailes de enormes cifras en los medios de información que apenas podemos concebir. En algún lugar he llegado a leer que la deuda pública de los Estados Unidos asciende a no sé cuantos trillones. El periodista que lo escribió se quedó tan pancho y aparentemente el público que leyó la noticia también, cuando probablemente esa cifra debe ser superior a todo el dinero que existe y ha existo en toda la faz de la tierra. Un trillón es el orden decimonoveno, es decir un uno y 18 ceros después, es decir 1.000.000.000.000.000.000, es decir 1018, una cifra que ni puedo imaginarme. Para los americanos, en cambio, esta cifra es un millón de veces inferior, es un uno y 12 ceros después, 1,000,000,000,000, 1012. Tal vez el periodista cogió el dato de un medio de información anglosajón y sin pararse por un momento a analizar lo que estaba escribiendo tradujo, sin más, “trillion” a “trillón”. ¿Y la audiencia de la noticia? Aparentemente tampoco le prestó mucha atención pues en los comentarios de la noticia que leí no vi ninguna queja o duda al respecto, probablemente porque venían con el afán de las 3 noticias anteriores y las que todavía les quedaban, como por ejemplo la siguiente, en que el periodista informa que unos incendios forestales afectaron a 5.000 hectáreas. Cuando todavía estamos intentando digerir que son 15 trillones ya se nos acabó el tiempo porque ahora debemos asimilar que son 5000 hectáreas (y me temo que son muchos los que ya ni intentan razonar los datos que se les proporcionan). Una hectárea es un cuadrado de 100*100 metros. Si un campo de fútbol mide aproximadamente 100*50 metros (a los varones nos gusta contar en términos futbolísticos) podríamos pensar que la superficie devastada es algo superior a la de 5.000 campos de fútbol. Esto no es así porque mientras que una hectárea son 10.0002 (100 * 100 = 10.000) un campo de fútbol son tan solo la mitad de metros cuadrados: 5.000 (100 * 50 = 5.000), por lo tanto realmente se ha quemado el equivalente a 10.000 campos de fútbol, el doble. De todas formas, ya es mucho si el bombardeado lector / televidente ha podido llegar a la conclusión de que se ha quemado el equivalente a algo más de 5.000 canchas de fútbol, probablemente antes de poder empezar cualquier ejercicio para poder asimilar que supone realmente esa cifra ya está siendo llamado por la siguiente noticia del día. En definitiva, después de 30 minutos frente al televisor viendo el telenoticias o después de leer, ya sea en Internet o en la prensa escrita nuestro diario afín, creemos estar bien informados pero desde un punto de vista informático hemos sido “dateados” (se dice que la información es la parte útil que podemos extraer de los datos).

Hace un par de meses estaba con mi esposa en un gran centro comercial de Santiago de Cali y vimos a un señor rodeado de gente que promocionaba una nueva moto eléctrica. La gente parecía entusiasmada cuando el señor explicaba, basándose en unos cálculos que ahora ya no recuerdo, que el quilómetro salía 200 pesos colombianos. Sorprendido yo también por semejante ahorro, me dirigí al señor y le hice dos preguntas: cuánto cuesta una batería y cuántas veces se puede recargar hasta agotar su vida útil. Después de responderme la segunda pregunta inmediatamente se volvió a dirigir a su audiencia (nosotros estábamos a unos pocos metros de ellos) y ni me volvió a mirar. Con esos datos que me proporcionó y aun sin considerar el gasto eléctrico, el quilómetro salía a más de 200 pesos de manera que esa moto que promocionaban por su supuesto ahorro no puede competir con una moto actual, al menos mientras no se dispare mucho el precio del combustible en Colombia. Pude verlo “in situ” gracias a que fui el propietario de una moto de 125cc con motor de 4 tiempos, pero quien no lo haya sido puede consultar en Internet el consumo de este tipos de vehículos. De todos modos, algunos de los entusiasmados oyentes llevaban un casco en las manos así que debían ser buenos conocedores del consumo de este tipo de motos tan populares en las grandes ciudades de España y Colombia. (*)

Hace algunos meses más, estaba con mi esposa en una pizzería perteneciente a una famosa cadena. Se ofertaba un combo muy promocionado tanto en la carta como en la pared situada arriba del mostrador. Contenía pizza para dos personas más otros extras como patatas fritas, gaseosa, etc. La chica que nos atendía nos ofrecía insistentemente el combo pues decía que por un poco más de precio nos llevábamos mucho más que dos pizzas. A mi esposa y a mi nos gustaban todos los extras excepto uno pero yo propuse que comprásemos el combo igualmente pues me imaginaba que incluso no comiendo ese extra nos compensaba el precio y la camarera asintió diciendo que así era. Entonces mi esposa buscó en la carta el precio de cada extra por separado y los sumamos, para nuestra sorpresa sumaba lo mismo todo por separado que el combo. Pedimos sólo los productos que nos gustaban mientras veíamos la cara de vergüenza que ponía la dependienta.

Obviamente difícilmente se va a acabar en la ruina económica por gastar un poco más en una pizzería o por adquirir una moto más costosa que otras de categoría y potencia similar. Si la realidad fuera que en los pequeños gastos no queremos calentarnos la cabeza pero que somos muy cuidadosos con los elevados no habría mayor problema, desgraciadamente no parece que así sea. Un indicador de esto son los productos financieros. Recuerdo como hará unos 5 años me llamaron del banco donde tenía domiciliada mi nómina y unos ahorrillos para preguntarme si podía pasarme por su oficina para explicarme ciertos productos financieros que podían interesarme. Accedí y una tarde noche después del trabajo estaba allá viendo unas coloreadas gráficas que a la práctica sólo representaban unos rendimientos del capital paupérrimos y con el añadido de unas condiciones bastante exigentes. Cuando le comenté a la empleada que una cuenta Naranja de ING Direct me ofrecía más rendimiento sin retenerme el dinero, me espetó que obviamente un banco con oficinas tenía más gastos y que no podían hacer esas ofertas. Yo pensé si acaso eso era mi culpa o si tenía cara de ser la monjita de la caridad de los “pobres” bancos y de los sufridos empleados de banca que trabajaban menos horas que yo para ganar más. A continuación le dije a la chica que me lo pensaría y me despedí. Curiosamente, a los pocos años ya vi bancos “de los de verdad”, con oficinas, ofreciendo cuentas con el mismo interés y las mismas condiciones que el famoso producto de ING. Ciertamente esto es tan sólo una anécdota personal pero si buscan por Internet podrán encontrar opiniones de empleados bancarios quienes ocultando su nombre para no perder su empleo, califican los productos financieros que ofrecen de “basura” que no tienen más remedio que intentar “colar” incluso mediante engaños y/o medias verdades a algún cliente incauto. Aquí tienen un ejemplo. He conocido gente honrada que después de pasarse la vida trabajando duramente y haber conseguido unos importantes ahorros al llegar a su vejez han perdido una parte considerable de ellos por seguir los necios consejos del director de su sucursal bancaria (cuando el dinero que tienes es bastante pasas a hablar directamente con él). En un caso concreto el director primero le aconsejaba invertir en oro justo antes de empezar la curva de descenso para después rescatar el dinero restante, invertirlo en algo relacionado con la bolsa de Tokio, conseguir beneficios el primero año, pérdidas al segundo pero manteniendo ahí el capital por la insistencia del director de que la subida era inminente para acabar aumentando las pérdidas el tercer año y acabar retirando el dinero restante para salvarlo de la quema. Obviamente, aquí quien perdió dinero fue el señor, no el banco. Al procurar el banco su beneficio y tan solo interesarle el nuestro de forma secundaria y como consecuencia de lo primero (hay competencia por el dinero de los clientes) es razonable sospechar de sus ofertas y no entrar en el juego si lo desconocemos.

Si bien afortunadamente este señor no acabó en la ruina económica pues aun tenía su pensión y su casa, ahora mismo en España podemos ver como la falta de espíritu crítico y desidia para aplicar matemáticas elementales que se le presuponen a cualquier ciudadano que haya cursado la Educación General Básica, y no digamos ya universitario, pueden llevar a la ruina económica. En los momentos de bonanza vi a todo tipo de ciudadanos, desde obreros de la construcción a ingenieros, aceptar unas hipotecas con unas condiciones draconianas. Se comprometían a dedicar gran parte de su sueldo, incluso el 70%, durante 30 e incluso 40 años a la compra de una vivienda estándar, nada lujosa, sin posibilidad de dación en pago, lo que implica la más absoluta ruina económica en el caso, nada improbable, de que algo fallase en los próximos 30 años. A añadir el agravante de que el Euríbor no es un valor fijo sino que fluctúa en función de variables macroeconómicas a nivel europeo que están completamente fuera de nuestro control. Se firmaban estos contratos en pareja, sabiendo que gran parte de un sueldo sería para el pago del piso y el otro para todos los gastos que alcance: agua, luz, comida, ropa, transporte… e hijos (si es que quedaba dinero para la perpetuación de la especie) Como en la escuela también nos han enseñado historia, sabemos que toda la historia de la humanidad es una sucesión de todo tipo de crisis, económicas y peores, por lo tanto es de un optimismo casi irracional creer que llegaremos a nuestra jubilación sin atravesar ningún bache (ahora mismo estamos en uno) y que una vez llegada será tan buena que nos permitirá seguir pagando la hipoteca. (El lector no español sorprendido debe saber que son muchos los que por lo firmado llegarán a la edad de la jubilación teniendo aun unos cuantos años de hipoteca por pagar). Cuando ahora a los firmantes que se ven ahogados por la precaria situación económica y que ven mermar sus ingresos mes tras mes, se les pregunta por qué firmaron lo que firmaron tienden a echar balones fuera hablando de la presión social, familiar, etc. en vez de entonar un justo “mea culpa”.

En los ejemplos de la moto eléctrica y el de la pizzería tan solo hacían falta operaciones matemáticas elementales: suma, resta, multiplicación y división. Para los productos financieros e hipotecas ya hacen falta matemáticas con algo más de peso como la formula del interés compuesto, en todo caso, nada fuera del alcance de un bachiller y mucho menos de un universitario, al menos si presuponemos que el poseedor de esos títulos ha asimilado el temario del título que posee.

Por un lado, nunca en toda la historia de la humanidad han existido tantos bachilleres y universitarios, tanto desde el punto de vista del número total como su porcentaje respecto a la población total. Por otro, no creo que exista una mano negra que mueve los hilos del mundo ni poderes fácticos ocultos ni, en definitiva, creo en ninguna de las teorías “conspiranoicas” que tanto se han popularizado en Internet. Ahora bien, a veces me parece como si el tipo con quien empecé esta entrada en cierto sentido se hubiera salido con la suya, pues a pesar de haber llegado el conocimiento y la cultura a la mayor parte de la población, continuamos comportándonos como se espera de nosotros sin cuestionarnos mediante las herramientas del conocimiento adquirido que tantos millones le ha costado a la sociedad, si nos resulta conveniente o no el camino que a buen seguro le conviene al vendedor.

(*) No es que sea insensible a los valores ecológicos, bien al contrario, valoro lo que el vehículo eléctrico puede aportar a la no destrucción del medio ambiente, pero el vendedor no estaba aludiendo a la ecología para vender el vehículo sino a la economía y precisamente en eso flaqueaba. De hecho, son los números los que según los expertos hacen inviable la masificación y popularización del coche eléctrico al nivel de los actuales autos con motor de combustión interna.


Actualización del 22 de enero del 2017:

El economista Xavier Sala i Martín ha publicado un interesante artículo en el que explica el gol que le han marcado a Oxfam y como esta ONG se lo ha colado a periodistas de diferentes medios: las 8 personas más ricas del planeta tienen la misma riqueza que la mitad de la humanidad.

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